Este mes, continuando con los excelentes artículos que la legendaria revista Psychedelic Review publicó en los años sesenta, bajo la dirección de Timothy Leary y su grupo
por Walter Schneider, Allen Ginsberg, Andrew Weil y J. C. Ruiz Franco
Hablaremos de uno en el que Walter Schneider expone las consecuencias de la creación de la LSD y de su consumo por parte de personas con formación, que la toman pensando en determinados objetivos, seguido de otro de Andrew Weil en que contraataca a quienes afirmaban, para impulsar la ilegalización, que la LSD produce ruptura de cromosomas, y por último un extracto del poema LSD, del también mítico poeta Allen Ginsberg, quien hizo de puente entre los beatniks de los años cincuenta y los hippies de los sesenta. Compuso ese poema mientras se sometía voluntariamente al experimento de tomar LSD, en 1959, en el Instituto de Investigación Mental de Palo Alto, California. Su propósito era conseguir probar la sustancia por primera vez, antes de que llegase a las calles. Evidentemente, el frío entorno de un laboratorio no es el lugar más adecuado para tomar un psiquedélico tan potente como la LSD, y el esquizofrénico resultado ha quedado patente en el poema que escribió (la traducción es nuestra).

Walter Schneider: “Algunas consecuencias de la revolución de la LSD”
¿Producirá la experiencia trascendente un individuo mejor adaptado o un hombre revolucionario?
Médicos y psicólogos, farmacólogos, filósofos académicos o autodidactas, profesores de prácticamente todos los ámbitos de la vida académica, teólogos y sacerdotes, escritores, artistas, poetas, músicos, personas religiosas, estudiantes, se han interesado personalmente por el fenómeno de la psiquedelia desde hace mucho tiempo, o bien han conocido hace poco sus aspectos más sensacionalistas. Algunos se oponen a la droga y a los experimentos que conlleva con la misma fuerza con que otros la defienden. No obstante, la mayoría, incluyendo muchos de quienes hablan sobre sus efectos sin haberla tomado, admiten que la experiencia es difícil de explicar. La LSD es un explosivo mental cuyo extraordinario poder puede llevar a un individuo a estados de conciencia que no podía haber imaginado antes. La mente entra en erupción con fantasías de color y formas sensuales, con grandes horrores o sensación de claridad y capacidad intelectual y, sobre todo, puede combinarse en la luz del más perfecto éxtasis. La experiencia psiquedélica, por su individualidad, es principalmente un fenómeno relacional. Una persona se siente interactuando con otros individuos, con grupos pequeños y bien cohesionados, mediante experiencias estéticas y conceptos intelectuales que parecen crecer u ocurrir en lugar de ser pensados de forma lógica y racional, en estados de terror psicótico y convulsiones viscerales, y, al contrario, con estados de sublimidad mística. Se consigue una gran sensación de pertenencia y unidad mediante una apreciación de una relación infinitamente compleja pero experiencialmente simple entre todos los objetos, conceptos y procesos vivos. Las distinciones producidas por la separación, que es la base de nuestro mundo normal de definiciones, se evapora, y las cosas más insignificantes cobran tanto valor como las más valoradas porque se ven como algo igualmente indispensable. Finalmente, esta indispensabilidad se convierte en el criterio de una nueva realidad que ya no se basa en el mundo objetivo tal como lo valida nuestra formación cultural, sino en el mundo relacional de significados totalmente interdependientes. Durante las semanas siguientes a una experiencia psiquedélica, se recuerda esta nueva forma de ver el mundo a la vez que permanece la vieja realidad objetiva, pero ésta queda condicionada por la experiencia que hemos tenido, la cual se integra en nuestra personalidad y emerge como la base de la nueva relación ética con el mundo (…)
La primera consecuencia de la experiencia psiquedélica es una profunda sensación de individualidad y libertad. Esto es cierto tanto histórica como personalmente. Los primeros que experimentaron con la droga fueron personas cuya individualidad no puede cuestionarse; hombres como Aldous Huxley, Timothy Leary y Alan Watts. Les siguieron otros del mundo académico, y después profesores y estudiantes. Ahora parece que la LSD ha sido aceptada por los jóvenes de la clase media, entre quienes los sentimientos de individualidad y libertad están muy condicionados. Después de una buena experiencia con LSD, el individuo vuelve a un mundo transformado por la magia de los mundos interiores que ha recorrido, pero el sentido inicial del hecho de asombrarse se pierde pronto y encuentra que su relación con el mundo ha cambiado poco. Puesto que pocos pueden hacer una ruptura drástica con el pasado, pronto sucumben a la rutina y a sus antiguos hábitos.
A medida que la experiencia con LSD sea algo más común y un número mayor de individuos caigan bajo su influencia, el impacto acumulativo sobre las normas sociales ciertamente será dramático. Esto puede verse en el arte contemporáneo (…) Los acuerdos sociales que son casi sagrados para la vieja clase media, pero que han sido atacados por los defensores de los derechos civiles y otros movimientos liberalizadores de los años de posguerra, tal vez tengan que sufrir un ataque más fuerte desde el interior, no porque se consideren intrínsecamente equivocados, sino más bien por no ser inspiradores y en cambio sí ser mortalmente convencionales. La base para esta crítica está en los grupos que consumen LSD que se han formado en algunas universidades, círculos artísticos y élites psiquedélicas. Tienden a enfatizar los aspectos intelectuales, estéticos o religiosos de la experiencia con LSD y a condicionar su vida de acuerdo con las nuevas ideas obtenidas (…)
Mirando más hacia el futuro, es cierto que las drogas psiquedélicas serán parte de la solución a los problemas del creciente ocio (…) La LSD y las otras drogas psiquedélicas deben ponerse en perspectiva como los predecesores de una serie de sustancias modificadoras de la conciencia. Los farmacólogos ya han podido desarrollar sustancias que potencian la memoria e incrementan la capacidad intelectual, aunque nuestro conocimiento fisiológico del cerebro y de sus funciones sea aún muy limitado. Tal vez tengamos la suerte de que la LSD y otras sustancias que fomentan la reestructuración de la personalidad sean las primeras en estar disponibles sin cortapisas. Quizá sólo el precondicionamiento psiquedélico haga tolerable para la sociedad el uso de drogas aún no descubiertas que potenciarán en gran medida la voluntad, el intelecto o la constancia del ser humano.
Andrew Weil: “Sobre la supuesta ruptura de cromosomas por parte de la LSD”
La hipótesis inicial, defendida por primera vez en 1967, estaba basada en la observación de que los consumidores de LSD parecían tener una mayor proporción de cromosomas rotos en ciertos glóbulos blancos (linfocitos) que las personas ‘normales’. La revista New England Journal of Medicine dio a esta observación gran importancia en un editorial titulado “Radiomimetic Effects of LSD” [“Efectos radiomiméticos de la LSD”], sugiriendo que la droga mimetizaba la radiación en lo que respecta a sus efectos dañinos sobre el material genético. Después aparecieron datos más circunstanciales: la LSD parecía afectar a los cromosomas de las células que crecían en tubos de ensayo; algunas madres que habían consumido LSD tuvieron niños deformes. La prensa científica y popular publicó en primera plana estos hallazgos. El Instituto Nacional de Salud Mental mostró gran interés en el tema y difundió la nueva información en una campaña propagandística contra la LSD. Y por unos meses pareció disminuir el consumo de la droga.
Pero a lo largo de esta campaña se pasaron por alto varios hechos. El primero fue la total ausencia de estudios prospectivos que respaldaran la hipótesis. Nadie había puesto a prueba la hipótesis mediante un procedimiento legítimo: estudiando los cromosomas antes de la exposición a la droga, administrando la droga de forma controlada y después volviendo a observarlos. El segundo fue el conocido hecho de que hay muchas cosas que afectan a la integridad de los cromosomas, entre ellas drogas tan comunes como la aspirina y la clorpromazina, así como las infecciones virales. No se hizo ningún esfuerzo por controlar estos otros factores en los casos clínicos. El tercero fue el problema general de los estudios con cultivos de tejidos: las células que crecen en tubos de ensayo no se comportan igual que las células dentro del cuerpo. Además, las dosis de LSD que causaron alteraciones visibles en los cromosomas de células de cultivos de tejidos eran mucho mayores que las dosis que reciben las células vivas cuando una persona toma un ácido. Cuarto, pueden detectarse rupturas cromosómicas en las células de todas las personas; los argumentos giran en torno a una diferencia estadística en su frecuencia, no en la diferencia entre todo y nada, y la frecuencia de las rupturas cromosómicas de los linfocitos parece estar más relacionada con la técnica utilizada en el laboratorio que con otras variables. (La técnica de preparar linfocitos para que los cromosomas sean visibles es complicada y tiene una elevada probabilidad de producir modificaciones artificiales). Quinto, el linfocito es una de las pocas células en las que pueden verse los cromosomas humanos con un microscopio. Incluso si los cambios fueran reales, no dirían nada sobre el estado de los cromosomas en otras células (por ejemplo, las células reproductoras). De hecho, a lo largo de la polémica nadie demostró por qué era perjudicial tener cromosomas rotos en los linfocitos. Es cierto que suena mal, pero no se puede afirmar que sea malo sin partir de varios supuestos más bien débiles.
Todos estos defectos en los argumentos médicos relacionados con la LSD eran evidentes en 1967. Esto no quiere decir que la hipótesis no debió haberse publicado, pero seguramente no debería haberse difundido por parte del gremio médico, la prensa y el Instituto Nacional de Salud Mental de forma tan irreflexiva. Y es significativo que estos errores lógicos fueran señalados por primera vez en el Berkeley Barb y otros periódicos de la contracultura, al menos ocho meses antes de que la revista New England Journal of Medicine publicara dudas similares. Los estudios prospectivos necesarios no se publicaron hasta finales de 1969. No es de sorprender que no pudieran demostrar ninguna relación entre el consumo de LSD y las alteraciones cromosómicas. Recibieron muy poca difusión a nivel nacional.
Este episodio debería ser profundamente bochornoso para los editores de las revistas implicadas y los científicos pagados por el gobierno. De un solo golpe crearon una brecha insalvable entre los consumidores de drogas y los supuestos expertos en drogas. Desde 1968 no he encontrado un solo consumidor de psiquedélicos que se crea los informes sobre daños en la salud producidos por drogas, y el consumo de psiquedélicos nunca ha sido tan elevado.

Allen Ginsberg: “Ácido lisérgico”
Es un monstruo de un millón de ojos múltiples
está escondido en todos sus elefantes y selvas
zumbaba en la máquina de escribir eléctrica
es electricidad conectada a sí misma, si tuviera cables
es una inmensa Telaraña
y yo estoy en el último, infinito y millonésimo tentáculo de la telaraña, un aprensivo
perdido, separado, un gusano, un pensamiento, una individualidad
uno de los millones de esqueletos de China
uno de los errores singulares
Yo, Allen Ginsberg, una conciencia separada
Yo, que quiero ser Dios
Yo, que quiero oír la más diminuta e infinita vibración de la armonía eterna
Yo, que estremeciéndome espero mi destrucción por esa etérea música del fuego
Yo, que odio a Dios y le pongo nombre
Yo, que cometo errores con la máquina de escribir eterna
Yo, que estoy Condenado
Pero en el más remoto confín del universo, la Araña anónima de un millón de ojos
da vueltas sin cesar sobre ella misma
el monstruo no-monstruo se acerca con manzanas, perfume, vías, televisión, cráneos
un universo que se come y se bebe a sí mismo
sangre de mi cráneo
(…)
Vomito, entro en trance, mi cuerpo queda preso de las convulsiones, mi estómago
se arrastra, sale agua de mi boca, estoy aquí, en el Infierno
Huesos secos de miles de momias inertes desnudas sobre la red, los Fantasmas, soy
Un Fantasma
Grito cuando estoy dentro de la música, a la habitación, a quien esté cerca, a ti, ¿eres Dios?
No, ¿quieres que yo sea Dios?
¿No hay respuesta?
¿Debe haber siempre una Respuesta? Contesta
(…)
Los dioses danzan con sus propios cuerpos
Nuevas flores se abren olvidándose de la Muerte
Ojos celestiales más allá de la angustia de ilusión
Veo al alegre Creador
Bandas de música se alzan con himnos para los mundos
Banderas y pancartas ondean con trascendencia
Una imagen al final sigue con miles de ojos en la Eternidad
¡Éste es el trabajo! ¡Éste es el conocimiento! ¡Es el final del hombre!
REFERENCIAS
Schneider, Walter L., “Some consequences of the LSD Revolution”, Psychedelic Review nº 9 (1967), pg. 51-57. La traducción es nuestra.
Weil, Andrew, The Natural Mind, Houghton Mifflin Company Boston, 1972, pp. 44-46. Edición española: La mente natural, Ediciones Obelisco. Dirección del texto en Internet: https://goo.gl/vzA3wY. La traducción es nuestra.
Acerca del autor
]. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.




















