Inicio en el consumo, contexto socioeconómico y cambios vitales acaecidos tras empezar a consumir

Entrevista de Elisa Tejerina Martín a Eduardo Hidalgo Downing

Tercera y última entrega de esta serie de artículos en la que Elisa Tejerina, socióloga y profesional de una organización cívica y social, entrevista al psicólogo y experto en drogodependencias Eduardo Hidalgo para ir desgranando y analizando diversos factores asociados a las carreras de uso de heroína. En esta ocasión se revisan sintéticamente las vivencias concretas de un consumidor atendiendo a las cuestiones comentadas en los anteriores artículos: motivos para empezar a consumir, perfil socioeconómico y cambios vitales relacionados con el uso de diacetilmorfina.

Heroína para uso anal (Psychonaught)
Heroína para uso anal (Psychonaught)
Me gustaría que me contases, en caso de que la conozcas, alguna vivencia de una persona consumidora o ex consumidora haciendo referencia a las cuestiones que te he planteado: su inicio en el consumo, su contexto socioeconómico y los cambios que vivió tras comenzar a ser heroinómano/a.

Te contaré de forma resumida mi experiencia con la heroína. Pertenezco a una familia de clase media acomodada, con buenos ingresos económicos y alto nivel cultural (madre catedrática universitaria, padre directivo de una multinacional, hoy en día ambos jubilados). Somos cinco hermanos (tres chicas y dos chicos, mi hermano mellizo y yo, los pequeños) todos con licenciaturas universitarias, doctorados o postgrados. De pequeño fui bastante gamberro y agresivo (como tantos otros niños) pero en los estudios siempre me fue bien y saqué muy buenas notas. En la preadolescencia me apasionaban algunos deportes como el esquí y el montañismo. El día a día me parecía insulso y carente de alicientes. Me atraían las sensaciones fuertes. Tenía muchas ganas de practicar deportes de riesgo. Puede considerarse que era un buscador de sensaciones nato. Empecé a beber alcohol y me gustó mucho. A los dieciséis años tomé consciente y voluntariamente la decisión de probar las drogas. Pregunté a conocidos y empecé a mover mis hilos para conseguir cocaína. Finalmente conseguí primero porros. Me gustaron. Unos días después ya había conseguido y probado la cocaína y las anfetaminas de farmacia (centraminas). Muy pronto probé el speed (anfetamina callejera, por aquel entonces metanfetamina), el LSD y con el tiempo todo lo que cayera en mis manos. Por aquel entonces, al margen del esquí y el montañismo, había empezado a hacer parapente, pero un paracaídas costaba 250.000 pesetas y necesitaba a alguien que me llevase y me recogiese en coche. Un tripi costaba 1.000 pesetas, lo podía pillar yo solito y satisfacía y colmaba igualmente mis ansias de búsqueda de sensaciones. Así que me decanté por las drogas y prácticamente dejé el deporte –aunque ocasionalmente seguí yendo durante años al monte o a esquiar, de hecho aún lo hago– (también he de decir que al poco tiempo de dejarlo mi profesor de parapente murió al estrellarse contra el suelo).

Dos tipos de heroína
Dos tipos de heroína

Quisiera apuntar, también, que mucho tiempo antes, ya con trece años, sentía interés por las drogas. Este interés venía, de una parte de mi afición por leer libros sobre las culturas amazónicas, en ellos se hablaba de la ayahuasca y desde un principio me sentí motivado a probarla. De otra parte, eran los años 80 y se hablaba mucho de la heroína. Mi lógica, por aquel entonces –por muy estúpida que pueda parecer– era la siguiente: si la gente se mete en esos problemas por tomar esa sustancia es que algo bueno debe tener.

A los 18 o 19 años la probé. Fui a comprarla yo solo, a un sitio cerca de mi antiguo colegio donde muchas veces había ido a comprar hachís y donde me constaba que muchos vendedores eran adictos a la heroína (eran unas dependencias militares y todos esos yonkis/camellos eran los hijos de los militares). La probé por curiosidad, por interés personal, porque me atraía como droga y porque me atraía e interesaba el mundillo yonqui. La esnifé y me gustó. Desde entonces, cada sábado, después de comer, iba a comprarla. La consumía a solas y luego me iba con mis amigos a fumar porros, beber alcohol, tomar cocaína, speed o tripis. Ellos consumían de todo menos heroína. Yo seguí con mis consumos sin decirles nada porque era una droga muy estigmatizada y no sabía si se lo tomarían bien o me darían el coñazo. Estuve un buen tiempo realizando estos consumos de fin de semana sin que afectaran lo más mínimo a ningún aspecto de mi vida.

A finales de los 19 años sufrí una psicosis cannábica que me duró casi un año. Acudí al psiquiatra, recibí medicación antipsicótica, dejé de consumir todo tipo de drogas y finalmente la psicosis remitió. Al poco tiempo volví a consumir alcohol, puntualmente cocaína y alguna anfeta. Me eché una novia que, aunque no había consumido drogas anteriormente, sentía curiosidad por la heroína. Empezamos a consumirla. Al principio los fines de semana. Luego también algún día suelto entre semana. Pronto de jueves a domingo. Yo me daba cuenta de que se nos estaba yendo de las manos, pero cuando consumía solo podía controlarme mejor, sin embargo con mi pareja me costaba más porque aunque un día hiciese esfuerzos por no ir a comprar, igual llegaba ella y me ponía delante cuatro bolsas. Así no había manera.

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No obstante, los consumos se mantuvieron durante casi cuatro años en esos términos: diría que, de media, unos cuatro días a la semana, a veces más y a veces menos. Nuestras relaciones familiares eran las mismas que antes del consumo: buenas en mi caso, malas en el suyo. Yo estudié la carrera de psicología y la fui sacando sin problemas. Ella retomó sus estudios (BUP y COU) que había abandonado anteriormente por padecer anorexia (de la que ya se había recuperado). Nuestro ocio, de frecuentar bares con música y ver a otra gente, terminó centrándose por completo en el consumo de heroína en la calle, solos ella y yo, lo cual en sí mismo tampoco nos suponía ningún problema: éramos una pareja bien avenida y eso es lo que nos gustaba y nos apetecía hacer. Era todo muy placentero, divertido y emocionante. He de decir que al poco de empezar a consumir juntos habíamos pasado a inyectarnos la heroína en lugar de esnifarla.

Pasado el tiempo surgieron los problemas. De una parte, diría que a ella le costaba más controlar el consumo, que le atraía más el estilo de vida yonki y que, además, tenía un componente de provocación y ostentación del consumo del que yo carecía. Me explico: personalmente siempre mantuve mi consumo de heroína en secreto. Llevaba esa doble vida de la que he hablado antes y no tenía ningún interés en que la gente en general supiera que consumía esa droga. Mi pareja, sin embargo, aun manteniendo el secreto de cara a la familia, se ocupó en alguna ocasión de que compañeros de estudios que no eran de su círculo íntimo la viesen consumiendo (y no fueron despistes, fue pura ostentación), así como se ocupó también de que se enterase algún amigo cercano que –mira tú por donde– la acabó repudiando por ello. Del mismo modo que en su centro de estudios terminó por ser de dominio público que consumía, llegó a oído de los profesores y se acabó enterando su familia. Y de ahí de cabeza a Proyecto Hombre.

Una vez en tratamiento tuvimos que dejar de vernos: no podía verme ni a mí ni a nadie que consumiese ningún tipo de droga, tenía que ir siempre con su madre o su hermano, no podíamos hablar por teléfono, se le retiró toda la música que solía escuchar, etcétera, etcétera. Lo cual, en una chica rebelde y explosiva no tuvo otro efecto más que al poco tiempo se fuese de casa y abandonase el tratamiento para quedarse literalmente en la calle. Esto sucedió mientras yo me había ido de viaje a Kenia, Uganda y Tanzania. Al ingresar en Proyecto Hombre nuestra relación quedó truncada. No podíamos ni hablar. Yo me fui de vacaciones y cuando volví, un día que estaba inyectándome me la encontré. Me contó lo que había pasado y la situación en la que estaba. Resulta que en ese tiempo había tenido relaciones con un par de tíos y la nuestra parecía un poco tirante, extraña, ya no era lo mismo, por lo que ni siquiera nos considerábamos pareja. Aun así, seguimos saliendo juntos, como amigos. Ella dormía en la calle y pedía dinero por ahí. Yo la acompañaba, le llevaba comida, dinero, pedía con ella, la invitaba a drogas y la mayoría de las noches dormía con ella en la calle. Pero ella andaba desbocada. Cada vez se involucraba más en el estilo de vida yonki y se relacionaba más con otros consumidores. Yo seguí llevando mi vida con normalidad, en el sentido de que, aunque paraba poco por casa, todo iba bien con mi familia (pensaban que simplemente salía de marcha) y al finalizar ese mismo verano terminé la carrera de psicología tranquilamente y sin problemas. Pero, a pesar de consumir heroína varias veces al día durante meses, tenía mis reglas y una de ellas era no involucrarme más de la cuenta en el mundillo de la heroína, (por ejemplo: no echarme coleguitas en los poblaos, interaccionar lo estrictamente necesario para comprar, etc.), porque sabía que era incompatible con mis otros intereses personales. Con lo cual, consumía, le echaba una mano a mi pareja, amiga o lo que fuera esa relación y pasaba mucho tiempo en la calle, pero no más.

Ella, sin embargo, estando en la calle y estando su vida centrada por completo en el consumo, se relacionaba cada vez más con otros usuarios hasta que en determinado momento –supongo que mientras andaba yo de exámenes ja, ja, ja– empezó una relación de pareja con uno de ellos. En ese punto, nuestra relación de amistad se había vuelto cada vez más tensa y tirante (personalmente por su parte percibía un uso instrumental de nuestra relación, en el sentido de que yo venía a ser el proveedor de dinero, de heroína y de comida pero luego no recibía más que desplantes, chulerías, malos modos e incluso abuso, timos y aprovechamiento). De modo que, en el momento en que se echó nueva pareja (que realmente duraron dos semanas) cortamos mutuamente todo vínculo.

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Yo seguí con mi vida y ella con la suya. Personalmente no estaba dispuesto a invertir ni un minuto más de mi vida en esa relación. No obstante, bien por ella, bien por sus padres, aún seguí manteniendo un cierto contacto: alguna llamada, unas cuantas veces que nos vimos, un par de veces que nos enrollamos y… en cuestión de unos meses, había muerto por sobredosis.

Yo, como digo, seguí haciendo mi vida. Seguí consumiendo heroína inyectada pero bajé el consumo a los fines de semana. Apuntaba los consumos en el calendario y trataba de llevar un control para no aumentar la pauta de uso mucho más. Volví a salir de bares y me relacionaba con otra gente, pero no tenía amigos como tal y a la hora de la verdad estaba bastante solo y colgado. Estudié un Master Universitario en Drogodependencias y luego me puse a trabajar. Entretanto volví a echarme pareja. Una chica que no consumía. Decidí dejar de consumir. Mi problema era que bastaba que me tomase dos copas para salir directo a comprar heroína y chutarme. No podía evitarlo, no podía contenerme. Ella me ayudó a hacerlo, a contenerme, se tragó mis ansiedades y mis medio-mini monos. Al final conseguí dejar de tomar diacetilmorfina como antaño, podía beber y tomar cualquier otra droga (menos cannabis, que desde la psicosis aquella no consumo más) y ello no me llevaba irremediablemente a pillar heroína.

Me fui a vivir con mi pareja, me fue bien en el trabajo, tuvimos dos hijos. Después de doce años nos separamos, me quedé en el paro y me fui a vivir a casa de mis padres, con los que tengo una excelente relación y con quienes –cinco años después– sigo conviviendo a la hora de contestar a esta entrevista. No obstante, lo más probable es que cuando sea publicada me haya mudado a vivir sólo a un pisito (y si no, pues poco después será). Mis ingresos son limitados y provienen básicamente de los artículos que escribo en revistas como Cannabis Magazine, no obstante, de momento me sobran para ir tirando aceptablemente.

Sigo tomando todo tipo de drogas menos porros y en todo este tiempo desde que la probé por primera vez creo que no ha habido ningún año en el que no haya consumido heroína, lo que pasa es que durante los últimos quince años la tomaría aproximadamente unas dos veces al año, a veces un poco más –5, 10…– pero no mucho. Estos últimos puede haber habido alguno en concreto en el que haya consumido más, pero poca cosa. El pasado año (2015) consumí, aproximadamente, dos gramos y medio de heroína. El año que viene quisiera tomar un poco más. Tengo 46 años y el consumo de caballo que realizo no afecta negativamente ni a mis relaciones (ahora si cuento con una red de amigos y conocidos con los que comparto tiempo e intereses que nada tienen que ver con la heroína, aunque la mayoría, si no todos, saben que la he tomado y la tomo), ni a mi trabajo, ni a mi familia, ni a mi salud, ni a mi economía ni a nada de nada.

Por último, Eduardo, ¿qué libros recomendarías a los lectores interesados en los temas abordados en esta entrevista en relación a la heroína?

Pues mira, estos cinco son realmente estupendos:

CARNWATH, T. y SMITH, I. El siglo de la heroína.

GAMELLA, J. F. La historia de Julián. Memorias de heroína y delincuencia.

RAQUEL HEREDIA. La agenda de los amigos muertos.

FAUPEL, E. Charles. Shooting dope. Career patterns of hard core heroin users.

ZIMBERG, N. Drug, Set and Setting. The basis for controlled intoxicant use. Disponible en: http://www.psychedelic-library.org/zinberg.htm.

Acerca del autor

Muchos años luchando en la sombra para que el cannabis florezca al sol.