En la entrega de este mes, continuando con nuestro deseo de ofrecer a los lectores de esta revista material inédito de y sobre Shulgin, antes de la publicación de sus principales libros, PIHKAL y TIHKAL, que está traduciendo un grupo de expertos dirigido por el autor de estas líneas.

En el presente artículo tenemos, en primer lugar, una profunda reflexión del venerable químico y farmacólogo sobre la utilidad de todos los tipos de sustancias psicoactivas, sobre nuestro derecho inalienable a tomarlas o no, y sobre la ausencia de motivos racionales para prohibir algunas de ellas de manera arbitraria. A continuación, a modo de apéndice –y precisamente para demostrar una de sus utilidades, el autoconocimiento–, ofrecemos algunos de los trip-reports con la administración de MDMA que el mismo Shulgin incluyó en PIHKAL.

Toda droga, legal o ilegal, proporciona algún tipo de recompensa e incluye algún riesgo. Y todas las drogas pueden ser objeto de abuso. Corresponde a cada uno de nosotros sopesar los beneficios y los riesgos, y decidir qué lado de la balanza pesa más. Entre las recompensas hay cosas como la curación de las enfermedades, el alivio del dolor físico o emocional; o bien, un mejor conocimiento personal. Los riesgos son igualmente variados, y van desde el daño fisiológico hasta los trastornos psicológicos, la dependencia y el no cumplimiento de las leyes sociales. Un adulto debe tomar sus propias decisiones sobre exponerse, o no, a una droga, legal o ilegal, valorando los posibles beneficios e inconvenientes a partir de sus propios recursos y valores morales. Por eso creo que estar bien informado desempeña una función indispensable: “Infórmate y después elige”.

Shulgin
Shulgin

El valor de las drogas

Yo he decidido que algunas drogas tienen un valor suficiente como para que su uso compense sus posibles riesgos; a otras, en cambio, no las considero suficientemente valiosas. Por ejemplo, bebo una moderada cantidad de alcohol, y por ahora no he padecido ningún problema. Fumaba, y lo hacía en exceso, pero logré dejarlo. No fueron los riesgos para la salud los que me indujeron a ello, sino el hecho de que me había convertido en una persona completamente dependiente del tabaco, un claro ejemplo de un precio inaceptablemente alto que no acepté.

He probado la heroína, que me genera un estado de paz y ausencia de molestias, estrés o preocupaciones. Pero también noto falta de motivación y un descenso en el deseo de hacer mis tareas. No es el miedo a la adicción lo que me lleva a rechazar la heroína, sino que, bajo su influencia, nada parece ser suficientemente importante.

Esas decisiones son asunto mío, basándome en lo que sé sobre una droga y sobre mí mismo. También he probado la cocaína, que es como un fuerte empujón, un estimulante que me ofrece una sensación de poder. Pero tengo también, a la vez, el inevitable convencimiento de que no es un poder real y de que, cuando los efectos de la droga se hayan disipado, no habré ganado nada: una extraña sensación de estar viviendo una situación falsa. No hay una introspección que aporte conocimiento. No se aprende nada. En cierto modo, considero a la cocaína una droga de evasión, más aún que la heroína. Con cualquiera de ellas te alejas de quien eres, o –más importante aún– de quien no eres. Te libras, durante un período breve de tiempo, de la propia conciencia de tus problemas. Yo preferiría tratar los míos, y no escapar de ellos; así se obtienen más beneficios a largo plazo.

Con las drogas psiquedélicas, en mi opinión, creo que los leves riesgos que conllevan (alguna experiencia difícil, de vez en cuando, o quizás algún malestar corporal) se ven compensados de sobra por la posibilidad de aprender. Y ésa es la razón por la que he decidido elegir este ámbito específico, dentro de la farmacología.

Los psiquedélicos y el conocimiento interior

Estoy convencido de que existe un compendio de información dentro de nosotros, parecido a una biblioteca con un número prácticamente infinito de libros de referencia, pero sin un modo evidente de acceder a ella. Al no disponer de ningún procedimiento de entrada, no hay forma de tener ni siquiera una idea sobre la cantidad y la calidad de su contenido.

Las drogas psiquedélicas permiten la exploración de ese mundo interno y el surgimiento de ideas sobre su naturaleza. Sin embargo, a pesar de esto, y a pesar de todas las libertades de las que presumimos, nuestra generación es la primera, en toda la historia, en haber convertido el autoconocimiento en un crimen, cuando se alcanza mediante ciertas sustancias. Pero esa necesidad de conocer qué hay allí dentro siempre estará presente, y aumenta en intensidad a medida que envejecemos. Al pasar el tiempo, sientes la necesidad de preguntar, de investigar, de utilizar el poco tiempo que puedes tener, en vistas a la búsqueda de formas de atar todos los cabos sueltos, para comprender todo lo que debe ser comprendido.

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Shulgin
Shulgin

Esta es la búsqueda que ha formado parte de la vida humana desde el primer momento en que nuestra especie empezó a tener conciencia. Cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, nos sentiremos como si fuéramos extraños, en el extraño ámbito de nuestra propia existencia, y necesitaremos respuestas a las preguntas que surgen de lo más profundo de nuestra alma y que nunca se acallarán. Y tanto las preguntas como sus respuestas tienen el mismo origen: uno mismo.

Esta es una de las razones por las que considero tesoros a las drogas psiquedélicas. Son capaces de permitir el acceso a las partes de nosotros que contienen las respuestas. De cada uno depende utilizar estas herramientas bien y de manera adecuada. Una droga psiquedélica puede ser muy reveladora, muy instructiva y ofrecernos los medios para llegar a poseer un conocimiento extraordinario. Sin embargo, para mucha gente, son simplemente otra forma más de diversión; no buscan nada profundo, y de ese modo, como es lógico, no experimentan nada profundo.

El potencial de las drogas psiquedélicas para proporcionar acceso al universo interior es, en mi opinión, su característica más valiosa. Desde los primeros tiempos del ser humano sobre la Tierra, hemos buscado y utilizado plantas específicas que han servido para modificar la forma en que interactuamos con el mundo y en que nos comunicamos con los dioses y con nosotros mismos. En cada cultura, ha habido cierto porcentaje de la población –normalmente los chamanes, curanderos, hombres-medicina– que ha utilizado tal o cual planta para conseguir una transformación de su estado de conciencia. Estas personas han utilizado los estados alterados de consciencia con el objetivo de mejorar su propia capacidad para diagnosticar y acceder a las energías curativas. Los líderes de las tribus seguramente utilizaban las plantas psicoactivas para aumentar su capacidad de introspección y la sabiduría necesaria para gobernar, o tal vez tan solo para solicitar la ayuda de los poderes destructivos como aliados en las guerras en las que tendrían que luchar.

Se han descubierto muchas plantas para cubrir las necesidades humanas. A la humanidad siempre la ha acompañado el dolor no deseado, y muchos individuos han decidido utilizar algún tipo de sustancia para acabar con el dolor físico o psíquico. Y no obstante, aunque estas herramientas han tenido muchos usuarios, parece que solo una minoría ha abusado de ellas. Históricamente, todas las culturas han incluido de modo positivo estas plantas en su vida diaria, y de ellas han obtenido más beneficios que problemas.

También ha estado siempre presente en la humanidad la necesidad de encontrar fuentes de energía adicional. Muchas personas han deseado conseguir la fuerza y el empuje que conlleva la estimulación que esas plantas ofrecían. Y, como siempre, ha habido solo unos pocos que han decidido abusar de estas sustancias.

Además, existe la necesidad de explorar el mundo que se encuentra justo más allá de los límites inmediatos de nuestros sentidos y de nuestro entendimiento; eso también ha acompañado a la humanidad desde sus inicios. Pero, en este caso, nuestra sociedad no ha dado su visto bueno a las sustancias que abren nuestra capacidad de percibir y sentir. Otras civilizaciones, durante muchos cientos de años, han utilizado numerosos productos vegetales para esta búsqueda. Sin embargo, los doctores de nuestra época, en términos generales, nunca han reconocido estas herramientas para el conocimiento interno o para hacer psicoterapia, y normalmente las han considerado inaceptables. En el establecimiento del equilibrio de poder entre quienes nos curan y quienes nos gobiernan, se ha llegado al acuerdo de que la posesión y el uso de estas sustancias tan importantes constituyan un delito. Y que el uso de cualquier compuesto químico que se desarrolle para imitar la acción de estas plantas, aunque conlleve mayor seguridad y un efecto más consistente, también sea un delito.

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En nuestro mundo civilizado nos aseguran que todos somos libres –o así hemos creído siempre– para seguir el camino que elijamos; libres para investigar, explorar, buscar información e intentar encontrar la verdad, siempre que asuma la completa responsabilidad de sus actos y de sus efectos en otros. ¿Cómo es posible entonces que los líderes de nuestra sociedad hayan decidido intentar eliminar este método tan importante de aprendizaje y autoconocimiento, este medio que se ha utilizado, respetado y honrado durante miles de años, en todas las culturas humanas de las que conservamos algún dato? ¿Es esta forma de condena legal resultado de la ignorancia, de la presión de las religiones organizadas, o bien un deseo cada vez mayor de obligar a la población a expresar su conformidad con lo establecido?

APÉNDICE: MDMA – TRIP REPORTS

A continuación, algunos trip-reports en los que se muestra el conocimiento interior que se obtiene con el consumo de MDMA.

 Con 120 miligramos: “Me siento completamente limpio por dentro, y no hay nada más que pura euforia. Nunca me había sentido tan bien, ni había creído que esto fuera posible. La limpieza, la claridad, la maravillosa sensación de sólida fortaleza interna se mantuvo a lo largo del día, de la noche, y del día siguiente. Me siento invadido por la profundidad de la experiencia. Todo el día siguiente me sentí como ‘un ciudadano del universo’ en lugar de ser un ciudadano del planeta, completamente desconectado del tiempo y que puede fluir con facilidad de una actividad a otra”.

Con 120 miligramos: “En cuanto comenzaron los efectos, sentí que estaba siendo envuelto, y fijé mi atención directamente a esta sensación. Me volví bastante miedoso, y sentí mi rostro frío y lívido. Sentí que quería regresar, pero sabía que no había vuelta. Entonces el miedo comenzó a abandonarme, y pude comenzar a intentar dar pequeños pasos de bebé, como los primeros pasos después de renacer. Todo el mundo debería experimentar un estado tan profundo como este. Me siento completamente en paz. He esperado toda mi vida para llegar a este momento, y siento que he regresado a casa, me siento completo”.

Con 60 miligramos del isómero ‘S’: “Los efectos comenzaron a desarrollarse de una manera suave y amigable alrededor de la media hora. Mi escritura está bien, aunque estoy escribiendo más deprisa de lo habitual. Estoy seguro de que no podré conducir; el tiempo se está ralentizando un poco, pero tengo la mente muy activa. Mis pupilas están bastante dilatadas. La bajada es evidente a las dos horas, y completa a las tres horas. Durante toda la tarde me siento relajado y en paz, aunque con claridad y alerta, sin rastro alguno de malestar físico. Lo califico, sin duda, con un ++, un completo éxito”.

Acerca del autor

]. C. Ruiz Franco es licenciado en Filosofía y DEA del doctorado de la misma carrera, cuenta con un posgrado en Sociología y otro en Nutrición Deportiva. Se considera principalmente filósofo, y es desde esa posición de pensador como contempla el mundo y la vida. Se interesa principalmente por las sustancias menos conocidas, y sobre ellas publica mensualmente en la revista Cannabis Magazine.