En  junio de 2014, el Dr. Alexander Shulgin, para sus amigos “Sasha”, y “Shura” en su autobiografía en PIHKAL y TIHKAL, falleció a los 88 años de edad.

No sabemos si estará atravesando o habrá atravesado durante su transición nuevos territorios, si se ha encontrado en alguno de los miles que ya había experimentado mediante algunos de sus descubrimientos químicos o si, simplemente, ha desaparecido dejando como legado de su existencia entre nosotros todo un compendio de sustancias que, de iniciar programas de investigación serios, les llevaría a los científicos del futuro decenas de años estudiar.

No soy yo, ni de lejos, la persona adecuada para escribir un obituario sobre Shulgin, básicamente porque no le conozco personalmente. Cierto que me he cruzado alguna que otra vez con él en persona e incluso nos hemos dicho alguna que otra vez un “hola”, y que hemos intercambiado hace muchos años algún que otro e-mail. Y poco más. Tampoco conozco su obra en profundidad como para hacer un análisis exhaustivo de su carrera científica. Como tanta gente, he leído el PIHKAL y el TIHKAL cuando se publicaron y también he leído todo lo que ha publicado sobre MDMA en revistas especializadas. Y le he visto impartir un par o tres de conferencias. Y poco más. Así que creo que narraré algunos de sus descubrimientos a través de su influencia en mí, y me pondré como ejemplo (por supuesto no paradigmático) de cómo esa influencia que tuvo y sigue teniendo en legiones de personas que le conocieron, bien en persona, bien a través de su obra, bien por ambas cosas, se ha materializado en cosas tangibles, como son proyectos de investigación y generación de conocimiento científico. Quien esté interesado en leer el obituario oficial puede hacerlo aquí: http://goo.gl/557qA1.

A Shulgin se le conoce, principalmente, por ser el “padrino” de la MDMA o éxtasis. Ello se debe a que él no fue quien lo sintetizó por primera vez, ni siquiera fue la primera persona en experimentar sus efectos psicoactivos. Pero sí fue quien primeramente caracterizó su farmacología.

A Shulgin se le conoce, principalmente, por ser el “padrino” de la MDMA o éxtasis

En 1996 inicié los cursos de doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Ya había leído algunas cosas sobre drogas, principalmente La historia general de las drogas, de Escohotado, y algún tratado que otro de psicofarmacología. Estaba decidido a hacer mi tesis doctoral sobre los efectos terapéuticos de algún fármaco alucinógeno. Sin haber leído aún a Stan Grof, ni siquiera saber de su existencia, e incluso sin haber probado aún ningún alucinógeno, me había dado por pensar si los momentos de nacimiento y muerte serían similares a una experiencia con alucinógenos y si esa experiencia podría ser de utilidad en enfermos terminales para ayudarles a atravesar la transición. Así que preparé un proyecto de investigación, basado solo en ideas y con pocas referencias bibliográficas, si es que había alguna, consistente en administrar mescalina a enfermos terminales. Sí, había leído a Huxley, y quizás la idea de este proyecto me vino de leer sus escritos.  Necesitaba saber más acerca de todo esto y justo ese verano Escohotado organizó un curso de verano en Dénia plagado de grandes figuras de la drogofilia nacional e internacional. Entre esas figuras había personajes de los que nunca había oído hablar como Alexander Shulgin o Jonathan Ott, curiosamente los personajes que, a raíz de aquel curso de verano, más han influenciado mi carrera científica posterior y que fueron claves para que hasta hoy me haya dedicado a lo que me dedico.

MDMA
Cristales de MDMA

Era la fase de expansión del consumo generalizado de MDMA en España. El país estaba contaminado de toda la propaganda drogofóbica según la cual hay una droga, llamada éxtasis, que lo tomaban jóvenes de mi edad en una supuesta ruta del bakalao y que, según los periódicos, freía el cerebro de quiénes la consumían. Eso era todo lo que yo sabía de la MDMA. Qué auténtico shock mental supuso para mí, la misma tarde en que empezaba el curso, asistir a una conferencia de un tal Alexander Shulgin, un gigante de pelo y barba blanca que, como un gran oso sonriente se puso a explicar cómo sintetizaba moléculas para estudiar las relaciones mente-cerebro. No daba crédito a lo que estaba viendo. En mis 5 años de Universidad y en mi primer año de doctorado no había visto algo parecido, ni de lejos. Shulgin explicó cómo con un conocimiento sólido sobre neurociencias y un conocimiento no menos sólido sobre química, un químico podía imaginar cómo una determinada configuración molecular podía conectar con determinados neurorreceptores y producir un imaginado efecto psicológico. Pareciera que este titán, primero lo construyera todo en el laboratorio de su imaginación, ¡para luego ponerlo a prueba consigo mismo una vez materializada su fantasía química! Shulgin decía que él era como un pintor. Un pintor tiene conocimientos de luces, de cromatografía, conoce la técnica de la pintura, primero se imagina un cuadro y de acuerdo a sus conocimientos técnicos y a su inspiración va rellenando de trazos el lienzo sin que el resultado final tenga necesariamente que ver con lo imaginado. Puso un ejemplo: se imaginó una sustancia que por su configuración atómica peculiar tendría que actuar sobre la percepción auditiva. Se puso manos a la obra, dio con una sustancia a la que llamó DIPT (diisopropiltriptamina; http://goo.gl/PelXOv), la ingirió y… no pasó nada. De repente escucha la música que está sonando en la radio de su laboratorio. Es una orquesta sinfónica y cómo demonios puede sonar así de mal una orquesta. De repente se da cuenta que hay una distorsión en los armónicos de la sinfonía. ¿Cómo es posible? ¡Había descubierto una sustancia que afectaba de manera específica a la percepción auditiva de los armónicos! Yo no daba crédito al éxtasis que se iba apoderando de mí a medida que la narración de Shulgin se iba resolviendo. ¡Existía una sustancia que se podría utilizar para conocer cómo funciona la percepción auditiva humana! Al volver a Madrid y devorar el PIHKAL, leí cómo esta misma historia la cuenta Shura en su libro. Lo alucinante es que a día de hoy aún nadie haya utilizado la DIPT en investigación básica para tratar de entender mejor cómo nuestro cerebro procesa la información auditiva.

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Pero Shulgin no solo habló de cómo sintetizaba sustancias. Habló también de la MDMA. No en vano, unos años antes, había venido a Madrid como perito en uno de los primeros juicios por tráfico de éxtasis que se celebraron en España. Gracias a su testimonio la MDMA fue calificada como droga que causa leve daño a la salud. Este es un hecho insólito. La única droga que está clasificada así en nuestra legislación es el cannabis. Tristemente, el Tribunal Supremo no ratificó la decisión de la Audiencia Provincial de Madrid y la MDMA pasó a engrosar la lista de sustancias que producen grave daño a la salud. La categorización de “droga blanda” duró apenas unos meses.

En los años 60, Shulgin ya fue pionero en caracterizar la farmacología no solo de la MDA, el primo psiquedélico del éxtasis, sino del safrol, el precursor natural de la MDA y MDMA, junto con el psiquiatra chileno Claudio Naranjo, uno de sus principales colaboradores de entonces (http://goo.gl/GHNmCm). También, junto con Claudio Naranjo, fue pionero en la exploración de las potencialidades psicoterapéuticas de la MDA (http://goo.gl/vlxHCm). Y ya en los años 70 fue el responsable de que la MDMA se divulgara entre círculos de terapeutas como una sustancia con alto potencial terapéutico tras autoexperimentar dicho potencial.

Todo esto lo aprendí cuando volví a Madrid de aquel curso de Dénia, decidido a leer todo lo que estuviera publicado sobre la MDMA (en los años 90 la literatura tanto científica como divulgativa con relación a la MDMA aún era abarcable, hoy ya no) y con el objetivo irrenunciable de desarrollar mi tesis doctoral explorando el potencial terapéutico de la MDMA. Digamos que, en lo que a mí respecta, una sola charla de 60 minutos de Shulgin transformó mi vida. Me catapultó a un nuevo universo científico que necesitaba ser transitado.

En 1978 Shulgin, junto con sus colaboradores (entre los que se encontraba el hoy mundialmente conocido David Nichols, que sintetizó sustancias como la MBDB o más recientemente los alucinógenos de la serie NBOMe; 2C-1-NBOMe, 25INBOMe) caracterizó por primera vez las propiedades farmacológicas de la MDMA (http://goo.gl/SKBcjS). En este artículo el grupo de Shulgin descubrió que la parte de la molécula que aportaba la principal psicoactividad a la MDMA era el racémico S(+), como ocurre en las anfetaminas, a diferencia de lo que ocurría con la LSD y la MDA, sustancias de perfil más alucinógeno, donde el isómero más psicoactivo es el R(-). Nos encontrábamos pues con una sustancia emparentada con las anfetaminas pero de un efecto notablemente peculiar respecto a aquellas. Esto lo descubrió sintetizando la forma de racemato (la molécula tal cual, con los dos isómeros) y cada uno de los isómeros por separado y probándolo él y su grupo de colaboradores que calificaban con signos (+, ++, +++, ++++, +++++) la intensidad de la experiencia (ver imagen). En un segundo artículo, publicado también en 1978, Shulgin y Nichols definen por primera vez los efectos psicoativos de la MDMA así: “Cualitativamente, la droga parece evocar un estado alterado de conciencia fácilmente controlable caracterizado por connotaciones emocionales y sensuales. Se pueden comparar en sus efectos a los de la marihuana y la psilocibina sin el componente alucinatorio o a dosis bajas de MDA.” (http://goo.gl/bf7dwW).

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Lo siguiente ya lo han contado otros en otros lugares: Shulgin le envió unas muestras de MDMA a Leo Zeff para que éste, ya retirado, explorara su potencial terapéutico y cuando Zeff probó el material decidió volver a su práctica clínica dedicando el resto de su carrera profesional a formar a terapeutas en el uso clínico y de desarrollo personal de la MDMA. Hasta 1985, cuando la DEA decidió incluir la MDMA en la lista 1 de sustancias controladas, se habían administrado unas 500.000 dosis solamente en contextos terapéuticos y otras tantas en el incipiente contexto recreativo que a día de hoy supone el mercado global del ocio de la música electrónica (http://goo.gl/KwjGw).

Así que, efectivamente, me puse a estudiar a fondo la MDMA. Éramos afortunados, a la UAM llegó muy pronto Internet y aunque aún no había mucha cosa sobre MDMA en la red, sí existía ya MAPS (www.maps.org). Por una serie casualidades Rick Doblin, su presidente, y yo entablamos contacto y decidimos iniciar un estudio terapéutico con MDMA en España. La idea era utilizarlo en personas con cáncer terminal o con Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT). Yo tenía mi idea de tesis de administrar mescalina a terminales por lo que lo sensato habría sido intentar hacer lo propio con MDMA, pero algo me llamó la atención del TEPT y opté por este trastorno también. Concretamente con víctimas de agresiones sexuales. Era poner sobre la mesa dos tabúes tremendos en nuestra sociedad: las drogas y el sexo. Pero no como placer, o no necesariamente como placer, sino una droga demonizada como medicina y la culpa por haber sufrido abusos como transformación en integridad personal.  Se trataba de transformar desde dentro del sistema sus patologías. Utilizar MDMA no solo para sanar a las personas con traumas profundos, sino secundariamente, en caso de encontrar resultados positivos, al conjunto de la sociedad. Unos llaman a esto mesianismo, otros atrevimiento, otros insensatez. Sea como fuere no pudo ser.

Sasha Shulgin murió feliz. Aparte de los motivos que tuviera para morir feliz, pudo disfrutar en vida de la investigación clínica con MDMA. En el momento de su muerte ya se han publicado al menos cuatro artículos en revistas científicas de reconocido prestigio internacional basados en ensayos clínicos con MDMA en el tratamiento del Trastorno de Estrés Postraumático.

Shulgin en el año 2009

La droga que Shulgin más cariño tenía y de la que se sentía más orgulloso fue el 2C-B. El 2C-B es una modificación de la molécula básica de la mescalina que le acorta duración al efecto y la hace más visionaria en el sentido de incrementar la percepción visual. Quizás le resta también cierta emocionabilidad, de hecho, muchos usuarios la consideran algo “fría” y por ello la combinan con MDMA cuando la toman. También es un reconocido afrodisíaco. A pesar de que debido a esta peculiaridad en sus efectos (poco emocional, muy visual y fácilmente controlable) aún nunca el 2C-B ha sido estudiado en un laboratorio en humanos. Cuando yo trabajaba en el IMIM, allí estuvo a punto de ponerse en marcha un estudio así. Se llegaron a conseguir permisos y financiación pública e incluso se llegó a disponer de la sustancia y tristemente nunca se llegó a hacer ni se hará nada. Lo único que hay publicado en humanos con 2C-B es una investigación liderada por nuestro querido amigo y colaborador, el Dr. Fernando Caudevilla, que en colaboración con el Hospital de Sant Pau, Energy Control y un servidor, publicamos lo que a día de hoy es el único estudio realizado en humanos con 2C-B (http://goo.gl/FIMId6). Se trata de un estudio de encuesta donde caracterizamos los efectos subjetivos, así como los efectos secundarios a corto y a largo plazo inducidos por la sustancia. Estos datos, junto con algunos otros datos prestados del IMIM aún sin publicar, los presenté en la pasada conferencia de MAPS en 2013 dedicando mi presentación al Dr. Alexander Shulgin (http://goo.gl/w2iwNr). Él no estaba presente, ya estaba muy delicado de salud, pero sí su equipo de cuidadores, que me pidieron el power point y me dijeron que Shulgin se pondrá muy contento cuando lo vea. Entonces se cerró un círculo en el que todo el agradecimiento que le debo sin que él lo supiera, de alguna forma le fue entregado en algo tangible.

Dr. Shulgin, donde quiera que esté, gracias por habernos visitado durante estos 88 años que ha estado entre nosotros. Nos deja un legado de infinito valor. Muchas gracias en lo general y en lo que a mí respecta, en lo personal también.